
La neurociencia puede ayudar a explicar el comportamiento de los aficionados al fútbol
Pete Test
Actualizado el
25 jul 2018

La neurociencia puede ayudar a explicar el comportamiento de los aficionados al fútbol
Pete Test
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25 jul 2018

La neurociencia puede ayudar a explicar el comportamiento de los aficionados al fútbol
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25 jul 2018
Las hormonas del estrés proliferan cuando vemos un partido, y eso puede marcar la diferencia entre la diversión y la agresión, escribe Olivier Oullier.El domingo pasado, volé de regreso a mi hogar en Francia para ver a Les Bleus derrotar a Croacia por 4-2 en el partido final de la Copa del Mundo 2018 en Rusia. Mis hijas no habían nacido en 1998, cuando Francia ganó su primer título de la Copa del Mundo, y yo quería compartir ese momento con ellas y ser parte del recuerdo que sus cerebros puedan conservar durante las próximas décadas. El fútbol me resulta fascinante. No solo como deporte sino, sobre todo, por lo que desencadena en la gente, en todos nosotros que amamos ese juego. Se les puede encontrar en todos los sectores de la sociedad, desde obreros de fábrica hasta jefes de estado, como lo ilustra de manera hermosa la ya icónica fotografía del presidente francés Emmanuel Macron alzando el puño en señal de júbilo durante la final del domingo pasado. Que yo sepa, son las únicas personas dispuestas a tomarse días libres en el trabajo, viajar en autobús durante 15 horas para apoyar a su equipo en algún partido insignificante en el frío y regresar a tiempo para estar en su escritorio de la oficina. También son capaces de adorar a un jugador un día e insultarlo dos semanas después. ¿Qué ocurre en el cerebro y en el cuerpo de los aficionados al fútbol que pueda explicar su comportamiento? Apoyar a un equipo de fútbol es una excelente ilustración de la psicología de coalición y de la lealtad endogrupal que entra en juego entre grupos de aficionados, lo que genera una gran diversión, pero también, a veces, agresividad. En 2015, un grupo de investigadores del Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la Universidad de VU en Ámsterdam, dirigidos por Leander van der Meij, hicieron que varios aficionados vieran un partido de su equipo favorito siendo derrotado por su acérrimo rival. Los investigadores observaron un aumento de la ira y del comportamiento agresivo cuando los aficionados percibían que el resultado del partido era injusto, especialmente cuando su percepción era que el árbitro era el responsable del resultado. Sin embargo, si su sensación era que su propio equipo favorito tenía la culpa de la derrota, la agresividad era considerablemente menor. Esto último coincide con un estudio publicado por científicos de Tubinga (Alemania) que reveló que la afición no provoca un sesgo en la percepción de lo que ocurre en el terreno de juego. Sin embargo, los juicios retrospectivos sobre el partido están claramente distorsionados por la lealtad al equipo. Una de las razones es la variación de ciertas hormonas en el cuerpo de los aficionados mientras experimentan un partido. Otro estudio realizado por Van der Meij y sus colaboradores con aficionados españoles durante la final de la Copa del Mundo de 2010, cuando la selección nacional venció a los Países Bajos, arroja más luz sobre este papel en el comportamiento de los aficionados al fútbol. Más concretamente, monitorearon los cambios en el cortisol y la testosterona, dos hormonas esteroides asociadas respectivamente con el estrés y el comportamiento agresivo. La primera observación fue que el nivel de cortisol se correlacionaba con el nivel de afición. En otras palabras, los aficionados se estresan más. El estudio también reveló que los niveles de testosterona de los aficionados que veían el partido aumentaban, mientras que “la secreción de cortisol entre los aficionados jóvenes y más fervientes sugiere que percibían que un resultado negativo del partido amenazaría su propia autoestima social”. La autoestima y la apropiación son importantes en los aficionados al deporte, como lo demuestra la tendencia de los aficionados a utilizar pronombres de primera persona para hablar de las victorias y de tercera persona cuando hablan de las derrotas. Así se dice "ganamos" pero "perdieron". Como seres humanos, tenemos una fuerte necesidad de pertenencia. Ser aficionado al deporte satisface esa necesidad para mucha gente, aunque muy a menudo no tenga ninguna raíz racional. Las lealtades arbitrarias hacia los equipos son el núcleo de la afición. Una de las razones por las que mucha gente apoya a un equipo de fútbol no tiene nada que ver con la forma en que juega, sino con el hecho de que el seguidor nació en la ciudad de ese equipo. Si tiene la oportunidad de estar pronto en Francia, o la próxima vez que se encuentre con franceses, pregúnteles qué estaban haciendo el 12 de julio de 1998, el día en que Francia ganó su primera Copa del Mundo de la historia. Me imagino que recordarán ese momento con total claridad. En aquel entonces, yo no lo disfruté plenamente porque me estaba preparando para mi maestría. Pero el domingo pasado, cuando la selección francesa de fútbol se convirtió en campeona del mundo por segunda vez, fue diferente. Estaba animando y gritando con mis hijas y recibí de su parte incluso más abrazos y besos de lo habitual. Al igual que millones de personas, no sufrí ninguna amenaza de la afición descontrolada: simplemente me beneficié del contagio emocional que conlleva una victoria en la copa del mundo, uno de los poquísimos acontecimientos positivos que ocupan los titulares mundiales.Ver artículo original
Las hormonas del estrés proliferan cuando vemos un partido, y eso puede marcar la diferencia entre la diversión y la agresión, escribe Olivier Oullier.El domingo pasado, volé de regreso a mi hogar en Francia para ver a Les Bleus derrotar a Croacia por 4-2 en el partido final de la Copa del Mundo 2018 en Rusia. Mis hijas no habían nacido en 1998, cuando Francia ganó su primer título de la Copa del Mundo, y yo quería compartir ese momento con ellas y ser parte del recuerdo que sus cerebros puedan conservar durante las próximas décadas. El fútbol me resulta fascinante. No solo como deporte sino, sobre todo, por lo que desencadena en la gente, en todos nosotros que amamos ese juego. Se les puede encontrar en todos los sectores de la sociedad, desde obreros de fábrica hasta jefes de estado, como lo ilustra de manera hermosa la ya icónica fotografía del presidente francés Emmanuel Macron alzando el puño en señal de júbilo durante la final del domingo pasado. Que yo sepa, son las únicas personas dispuestas a tomarse días libres en el trabajo, viajar en autobús durante 15 horas para apoyar a su equipo en algún partido insignificante en el frío y regresar a tiempo para estar en su escritorio de la oficina. También son capaces de adorar a un jugador un día e insultarlo dos semanas después. ¿Qué ocurre en el cerebro y en el cuerpo de los aficionados al fútbol que pueda explicar su comportamiento? Apoyar a un equipo de fútbol es una excelente ilustración de la psicología de coalición y de la lealtad endogrupal que entra en juego entre grupos de aficionados, lo que genera una gran diversión, pero también, a veces, agresividad. En 2015, un grupo de investigadores del Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la Universidad de VU en Ámsterdam, dirigidos por Leander van der Meij, hicieron que varios aficionados vieran un partido de su equipo favorito siendo derrotado por su acérrimo rival. Los investigadores observaron un aumento de la ira y del comportamiento agresivo cuando los aficionados percibían que el resultado del partido era injusto, especialmente cuando su percepción era que el árbitro era el responsable del resultado. Sin embargo, si su sensación era que su propio equipo favorito tenía la culpa de la derrota, la agresividad era considerablemente menor. Esto último coincide con un estudio publicado por científicos de Tubinga (Alemania) que reveló que la afición no provoca un sesgo en la percepción de lo que ocurre en el terreno de juego. Sin embargo, los juicios retrospectivos sobre el partido están claramente distorsionados por la lealtad al equipo. Una de las razones es la variación de ciertas hormonas en el cuerpo de los aficionados mientras experimentan un partido. Otro estudio realizado por Van der Meij y sus colaboradores con aficionados españoles durante la final de la Copa del Mundo de 2010, cuando la selección nacional venció a los Países Bajos, arroja más luz sobre este papel en el comportamiento de los aficionados al fútbol. Más concretamente, monitorearon los cambios en el cortisol y la testosterona, dos hormonas esteroides asociadas respectivamente con el estrés y el comportamiento agresivo. La primera observación fue que el nivel de cortisol se correlacionaba con el nivel de afición. En otras palabras, los aficionados se estresan más. El estudio también reveló que los niveles de testosterona de los aficionados que veían el partido aumentaban, mientras que “la secreción de cortisol entre los aficionados jóvenes y más fervientes sugiere que percibían que un resultado negativo del partido amenazaría su propia autoestima social”. La autoestima y la apropiación son importantes en los aficionados al deporte, como lo demuestra la tendencia de los aficionados a utilizar pronombres de primera persona para hablar de las victorias y de tercera persona cuando hablan de las derrotas. Así se dice "ganamos" pero "perdieron". Como seres humanos, tenemos una fuerte necesidad de pertenencia. Ser aficionado al deporte satisface esa necesidad para mucha gente, aunque muy a menudo no tenga ninguna raíz racional. Las lealtades arbitrarias hacia los equipos son el núcleo de la afición. Una de las razones por las que mucha gente apoya a un equipo de fútbol no tiene nada que ver con la forma en que juega, sino con el hecho de que el seguidor nació en la ciudad de ese equipo. Si tiene la oportunidad de estar pronto en Francia, o la próxima vez que se encuentre con franceses, pregúnteles qué estaban haciendo el 12 de julio de 1998, el día en que Francia ganó su primera Copa del Mundo de la historia. Me imagino que recordarán ese momento con total claridad. En aquel entonces, yo no lo disfruté plenamente porque me estaba preparando para mi maestría. Pero el domingo pasado, cuando la selección francesa de fútbol se convirtió en campeona del mundo por segunda vez, fue diferente. Estaba animando y gritando con mis hijas y recibí de su parte incluso más abrazos y besos de lo habitual. Al igual que millones de personas, no sufrí ninguna amenaza de la afición descontrolada: simplemente me beneficié del contagio emocional que conlleva una victoria en la copa del mundo, uno de los poquísimos acontecimientos positivos que ocupan los titulares mundiales.Ver artículo original
Las hormonas del estrés proliferan cuando vemos un partido, y eso puede marcar la diferencia entre la diversión y la agresión, escribe Olivier Oullier.El domingo pasado, volé de regreso a mi hogar en Francia para ver a Les Bleus derrotar a Croacia por 4-2 en el partido final de la Copa del Mundo 2018 en Rusia. Mis hijas no habían nacido en 1998, cuando Francia ganó su primer título de la Copa del Mundo, y yo quería compartir ese momento con ellas y ser parte del recuerdo que sus cerebros puedan conservar durante las próximas décadas. El fútbol me resulta fascinante. No solo como deporte sino, sobre todo, por lo que desencadena en la gente, en todos nosotros que amamos ese juego. Se les puede encontrar en todos los sectores de la sociedad, desde obreros de fábrica hasta jefes de estado, como lo ilustra de manera hermosa la ya icónica fotografía del presidente francés Emmanuel Macron alzando el puño en señal de júbilo durante la final del domingo pasado. Que yo sepa, son las únicas personas dispuestas a tomarse días libres en el trabajo, viajar en autobús durante 15 horas para apoyar a su equipo en algún partido insignificante en el frío y regresar a tiempo para estar en su escritorio de la oficina. También son capaces de adorar a un jugador un día e insultarlo dos semanas después. ¿Qué ocurre en el cerebro y en el cuerpo de los aficionados al fútbol que pueda explicar su comportamiento? Apoyar a un equipo de fútbol es una excelente ilustración de la psicología de coalición y de la lealtad endogrupal que entra en juego entre grupos de aficionados, lo que genera una gran diversión, pero también, a veces, agresividad. En 2015, un grupo de investigadores del Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la Universidad de VU en Ámsterdam, dirigidos por Leander van der Meij, hicieron que varios aficionados vieran un partido de su equipo favorito siendo derrotado por su acérrimo rival. Los investigadores observaron un aumento de la ira y del comportamiento agresivo cuando los aficionados percibían que el resultado del partido era injusto, especialmente cuando su percepción era que el árbitro era el responsable del resultado. Sin embargo, si su sensación era que su propio equipo favorito tenía la culpa de la derrota, la agresividad era considerablemente menor. Esto último coincide con un estudio publicado por científicos de Tubinga (Alemania) que reveló que la afición no provoca un sesgo en la percepción de lo que ocurre en el terreno de juego. Sin embargo, los juicios retrospectivos sobre el partido están claramente distorsionados por la lealtad al equipo. Una de las razones es la variación de ciertas hormonas en el cuerpo de los aficionados mientras experimentan un partido. Otro estudio realizado por Van der Meij y sus colaboradores con aficionados españoles durante la final de la Copa del Mundo de 2010, cuando la selección nacional venció a los Países Bajos, arroja más luz sobre este papel en el comportamiento de los aficionados al fútbol. Más concretamente, monitorearon los cambios en el cortisol y la testosterona, dos hormonas esteroides asociadas respectivamente con el estrés y el comportamiento agresivo. La primera observación fue que el nivel de cortisol se correlacionaba con el nivel de afición. En otras palabras, los aficionados se estresan más. El estudio también reveló que los niveles de testosterona de los aficionados que veían el partido aumentaban, mientras que “la secreción de cortisol entre los aficionados jóvenes y más fervientes sugiere que percibían que un resultado negativo del partido amenazaría su propia autoestima social”. La autoestima y la apropiación son importantes en los aficionados al deporte, como lo demuestra la tendencia de los aficionados a utilizar pronombres de primera persona para hablar de las victorias y de tercera persona cuando hablan de las derrotas. Así se dice "ganamos" pero "perdieron". Como seres humanos, tenemos una fuerte necesidad de pertenencia. Ser aficionado al deporte satisface esa necesidad para mucha gente, aunque muy a menudo no tenga ninguna raíz racional. Las lealtades arbitrarias hacia los equipos son el núcleo de la afición. Una de las razones por las que mucha gente apoya a un equipo de fútbol no tiene nada que ver con la forma en que juega, sino con el hecho de que el seguidor nació en la ciudad de ese equipo. Si tiene la oportunidad de estar pronto en Francia, o la próxima vez que se encuentre con franceses, pregúnteles qué estaban haciendo el 12 de julio de 1998, el día en que Francia ganó su primera Copa del Mundo de la historia. Me imagino que recordarán ese momento con total claridad. En aquel entonces, yo no lo disfruté plenamente porque me estaba preparando para mi maestría. Pero el domingo pasado, cuando la selección francesa de fútbol se convirtió en campeona del mundo por segunda vez, fue diferente. Estaba animando y gritando con mis hijas y recibí de su parte incluso más abrazos y besos de lo habitual. Al igual que millones de personas, no sufrí ninguna amenaza de la afición descontrolada: simplemente me beneficié del contagio emocional que conlleva una victoria en la copa del mundo, uno de los poquísimos acontecimientos positivos que ocupan los titulares mundiales.Ver artículo original
